Koordinat sayısı 884

Uploaded 07 Kasım 2015 Cumartesi

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14
28
55,83 km

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yer Quintanilla de la Cueza, Castilla y León (España)

Provincia de Palencia: Villa Romana de las Tejadas, Quintanilla de la Cueza, San Llorente del Páramo, Lagunilla de la Vega. Bustillo de la Vega, Pedrosa de la Vega (Villa Romana de la Olmeda) Bustillo de la Vega, Lagunilla de la Vega, San Llorente del Páramo, Bustillo del Paramo, Quintanilla de la Cueza, Villa Romana de las Tejadas

Las Villas Romanas Palentinas.
Había diseñado esta ruta hará más de un año. Todo empezó porque mi amigo José Manuel de norte a sur es asiduo de llevarse la bici en el coche y salir de vez en cuando de su entorno habitual, cosa muy recomendable si no quieres acabar agobiándote y hastiándote de ver siempre los mismos lugares.
Ya conozco de antemano la villa romana de las Tejadas, en la pequeña población de Quintanilla de la Cueza, casi en pleno camino de Santiago, pero un poco desviada del sendero tradicional. Para todos aquellos amantes de la historia es un buen sitio para visitar, el precio de la entrada es ridículo y no dejas de salir de tu asombro ante la riqueza arqueológica que yace bajo tus pies y que en la mayoría de las veces esta oculta y se descubre por casualidad.
Por problemas de presupuesto, como casi siempre, y que digamos que las Tejadas son la hermana fea de las villas palentinas, durante la temporada de invierno, (de octubre a febrero) me encuentro con el yacimiento cerrado a cal y canto, pero ello no evita que en su zona de recepción de visitante estacione el buga que me ha traído a mí y a la viajera.
Tras descargar la bici y recoger los aperos de transporte dejo a buen recaudo el coche y emprendo camino hacia la villa romana de la Olmeda unos 25 o 30 km al norte de donde me encuentro. Doy un par de vueltas por Quintanilla hasta que me oriento y recorro el camino previsto en mi rutómetro improvisado que he estado preparando durante los diez últimos días.
El paisaje es totalmente castellano, enormes campos de remolacha o cereal, con algún que otro pequeño altillo, surcada por todos los lados por pistas agrarias que en su mayoría están llenas de agua y barro con muchísimas rodadas de tractor. Así se rompe la monotonía del paisaje, la pista no es ninguna bicoca, abstenerse la gente de los carriles bici.
Gracias a las abundantes lluvias caídas durante la última semana y a las benignas temperaturas que disfrutamos ahora mismo por San Martin, las sendas están más que plagadas de hongos, tales como lepiotas, setas de cardo y senderuelas, todas ellas comestibles, (las lepiotas a la plancha con ajo y perejil y un punto de sal, son un manjar). Y también es época de caza, y no se puede dejar de escuchar algún que otro disparo de arma de fuego en la lejanía, eso, cuanto más lejos, mejor.
Sigo avanzando, poco a poco, la mañana está soleada y apetece disfrutar un poco del sol sobre los lomos, de todas formas en cada cruce sospechoso paro a verificarlo en mi rutómetro hasta llegar al mismo camino de Santiago que viene desde Carrión de los Condes, y que termina en Calzadilla de la Cueza, ese tramo de 17 km, en el no hay nada ni nadie y que cuenta la leyenda que se llegan a aparecer tus propios demonios para acompañarte.
Yo no doy tiempo a mis demonios, ni siquiera a prepararse para aparecerse, pues tras unos cientos de metros en el jacobeo, giro al norte para tomar otra pista que me llevará a pasar por un paso elevado sobre la autovía 231, o autovía del Camino de Santiago (originales, oye) pero maldición, me encuentro con una valla que cierra el camino, por un momento me retrotraigo a las etapas andaluzas y extremeñas de la Vía de la Plata, pero estoy en Palencia, pardiéz.
Elijo el ramal más izquierdo, que también sube a una de esas pasarelas de autovía y siguiendo los consejos de un hombre al que me cruzo en su todoterreno, sigo paralelo a la alambrada que rodea la finca hasta su final para seguidamente girar a la derecha y llegar a la población de Llorente de Paramo. Todos los pueblos de la zona están volcados en las grandes explotaciones de cereal y remolacha, y también a la cría de ganado, especialmente el ovino. Por eso no me extraña nada, cuando delante de mí se despliega un rebaño de ovejas, al que cedo el paso tras intercambiar unas palabras con su pastor, y asombrándome de la habilidad de los perros pastores para dirigir al rebaño.
En San Llorente paro a descansar del traqueteo del camino y de paso a revisar el rutómetro para ver lo que me espera, no es difícil, más pistas de barro, piedras, setas, y un nuevo aliciente en esta ruta.
Debe ser época de reproducción de las arañas, pues algo nunca visto por él que esto firma, no pasa un metro sin que se me enganchen tanto a la ropa como a la propia bicicleta, decenas de telas de araña que se cruzan en el camino o que revolotean impávidas. Durante buena parte de la ruta mi bici parece que se ha olvidado que Todos los Santos y Halloween ya han pasado.
Por una pista recta de 5 km más o menos interminables llego al pueblo de Lagunilla de Vega, cuyo nombre le viene probablemente de la cantidad de charcas que se forman en sus inmediaciones, sobre todo en épocas como esta.
Por carretera comarcal, sin tráfico, a dos km se encuentra Bustillo de la Vega, donde paro a reponer agua en la fuente del pueblo donde todo mundo va a llenar garrafas y botellas para la próxima hora de comer.
Salgo del pueblo por carretera también y a 3 km giro a la izquierda para meterme por una pista entre maizales secos para comprobar que no lleva a ninguna parte. Paná clásica de las rutas nuevas o de las exploraciones. Algo con lo que contaba tarde o temprano.
En el siguiente ramal a la izquierda, vuelvo a probar suerte, y entre los chopos a lo lejos distingo una edificación que en un primer momento me parece una nave ganadera similar a las muchas que hay por la zona. Pero a medida que me aproximo, compruebo que no se trata de una nave al uso, es algo más sutil. Y por si fuera poco hay una carretera a unos cientos de metros delante de mí que conduce a dicho lugar.
Está mal que yo lo diga, pero sigo siendo el puto amo de la orientación, ni GPS, ni runtastic, ni zarandajas de esas. Un croquis o mapa, una brújula, sol y dejadme solo.
Hago mi entrada en la VRO, villa romana de la Olmeda, con un parquin cómodo, hasta tienen un artefacto para aparcar tu bici. Entro en la villa musealizada como un crio goloso en una pastelería, y tras recibir las instrucciones oportunas, me sumerjo de lleno en el pasado.
No hace falta guía turístico, te proporcionan un folleto que te hace fácil el recorrido, que además está explicado con paneles informativos en varios idiomas (catalán no). También puedes encontrar paneles informatizados que te presentan reconstrucciones de las diversas salas que componen la villa. Y lo más simpático son unos monitores orientables, y según a donde los dirijas te muestra una reconstrucción de la vida cotidiana de la zona que estás viendo a modo de animación por ordenador. Todo el recinto se encuentra recubierto de una estructura metálica, que sintoniza muy bien con su entorno con climatización acorde a cada época del año.
La muestras se completa con unas urnas de cristal en la que se muestran numerosos objetos encontrados en las excavaciones, desde hebillas hasta cornamentas de ciervos, y para finalizar hay un pequeño salón de actos donde proyectan un documental explicativo de la villa y su entorno histórico y geográfico.
Salgo del recinto, y vuelvo mis pasos por el mismo camino por el que llegué. Incluso la misma recta de 5 km, que ahora es todavía más interminable pues sopla un ligero viento de cara.
Una vez en San Llorente, decido volver por la carretera, en realidad es una pista agrícola asfaltada, que te permite meter plato y tuerca, pero lo malo de estar asfaltada es que los garrulos de esa zona la recorren con su coche como si fuese el Grand Prix de Canadá. Borregos los hay en todos los lados.
Al cabo de 6 km llego a Bustillo del Páramo, me reciben lo perro de una nave que no ven con buenos ojos a alguien en bici. Angelitos. Busco seres humanos a los que preguntar por Quintanilla de la Cueza. Y dos señoras amabilísimas, me indican que suba por otra pasarela que cruza la autovía y siguiendo esa pista con sus charcos, barros y guijarros, me llevará hasta el camino de Santiago y desde ahí a Quintanilla.
Hay otros 10 km hasta mi destino final. Y en ese trayecto, ya cansado, y un poco harto de las telas de araña voladoras, veo que alguien va delante de mí como a 50 metros.
Pincho de oreja a la vista, a quitar pegatinas se ha dicho. Bajo piñones y empiezo a pistonear para aumentar la velocidad, sorteando piedras y charcos.
Resulta que se trata de un señor, que va esas bicicletas de 28 pulgadas, un solo plato y un solo piñón y que se defiende muy bien para su edad, el tipo de bici, y las condiciones del camino. Algunos con máquinas estratosféricas en comparación a la suya, estarían lloriqueando porque les duele el culo o alguna que otra estúpida escusa. No me apetece el pincho de oreja. Le saludo y de paso le pregunto si sabe cómo llegar a Quintanilla, sin dudarlo me dice que no me preocupe que en cuanto lleguemos al tramo del camino me mostrara la dirección a seguir para llegar directamente a Quintanilla. Él es del pueblo de Bustillo y se dirige a Calzadilla de la Cueza a tomarse un café, con la tontería, para tomarse un café se, va a meter entre pecho y espalda 15 km, vestido con unos tejanos, unos zapatos y tocado con un sombrero tipo Indiana Jones, Tom Bombadil ha dejado la Tierra Media y se ha venido a vivir a Tierra de Campos.
Gracias a ese gentil hombre, tras unos 3 o 4 km llego por fin a Quintanilla, de ahí a la Tejada, y en 20 minutos, arrancando para casa.
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Puente sobre el rio Cueza

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The Way

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Camino cerrado, finca particular

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Rebaño Ovino

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San LLorente, buena gente

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Recta de 5 km. No se acaba nunca

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Fuente reparadora

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Villa Romana de La Olmeda

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Bosquecillo de robledal

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Compañia inespereada

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Crossing the Way again

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